El rey de los terrores.

Me costó encontrar una versión íntegra de la famosa oración fúnebre del canónigo Henry Scott-Holland (sí, el amigo de Chesterton y Belloc): ha sido despedazada por los progres de toda laya, sean anglicanos o progresistas. Se suele citar sin el título original (El rey de los terrores) sino bajo otro: "La muerte no es nada"; y así, con las mangas y capirotes que quedan, se consuelan ante la muerte con una mentira, con el sermón censurado. Pero la pieza tiene dos aspectos, y se trata de integrarlos: el horrible y el consolador, el atemorizante y el que nos da esperanza. Claro, no es cosa que puedan entender los progres, pero la verdad consuela, mucho, muchísimo más, que las paparruchadas light de los pasteleros.

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