Por qué soy medianamente democrático.

La prueba más contundente de que la democracia, en los días que corren, es una verdadera idolatría, estriba en la bronca que le da a casi todos, cuando uno manifiesta algún reparo o algún grado de disenso. En nuestro tiempo, como sabemos bien, ni siquiera resulta legítimo definirla. Es un consenso, es una forma de vida, es un estilo, es una bandera, es... una religión. Para contrarrestar toda esa ola de pensamiento débil, nada como este humorístico (y no tanto) ejercicio del gran Vladimir Volkoff (sí, sí, el autor de "El montaje"). 

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